De la espiga a la tesela: preparación de la paja de centeno y trigo y trabajo del mosaico en el taller

Cuaderno de taller

Pemonta reúne notas escritas sobre una sola materia: el tallo de cereal convertido en material de labor. Aquí se describe el camino completo, desde el momento de la siega hasta el estante donde la paja espera meses sin perder color.

Publicación independiente, en castellano, sin venta de material ni de piezas.

Haz de tallos de paja seca visto de cerca, con los canutos y los nudos a la vista
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Materia sin clasificar. Antes de tocar el agua, cada tallo se mira a contraluz: el grosor del canuto y la posición del nudo deciden si acabará en cinta ancha, en trenza fina o en el montón de descarte.

Materia prima

Qué tallo sirve y cuándo conviene segarlo

La paja de labor no es el residuo de la cosecha mecanizada. Una cosechadora tritura el tallo y lo devuelve al suelo partido; lo que sirve al taller es el tallo entero, cortado a mano o con guadaña, antes de que la planta termine de secarse en pie. El centeno da los canutos más largos y de pared más delgada, por eso se prefiere para cinta y para trenza larga. El trigo es más corto y algo más rígido, con un brillo más cálido, y responde mejor en piezas pequeñas y en relieve.

El momento del corte cambia el color más que cualquier tratamiento posterior. Segada en cera, cuando el grano todavía cede a la uña y el tallo conserva verdor en la base, la paja queda flexible y de tono claro, algo verdoso en el entrenudo inferior. Segada ya madura, con la caña dorada y quebradiza, el color es más profundo pero el material se astilla al abrirlo y hay que remojarlo más tiempo.

En la mitad norte peninsular la siega manual para labor suele caer entre finales de junio y la segunda quincena de julio; en las comarcas cerealistas del interior se adelanta. Más que la fecha del calendario, lo que orienta es el estado de la planta y el tiempo previo: una semana de lluvias antes del corte deja manchas de hongo que ya no se quitan.

Comprobación antes de segar
  • El tallo se dobla sin romper y vuelve casi a su posición.
  • El entrenudo superior, el más largo, mide al menos dos palmos.
  • No hay manchas oscuras ni puntos de óxido en la caña.
  • La vaina de la hoja se desprende limpia al tirar hacia abajo.
  • La superficie brilla y no está apagada ni áspera.
  • Han pasado varios días secos desde la última lluvia.

El corte se hace a ras de suelo y se ata en manojos flojos; apretar el atado marca los tallos exteriores.

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Clasificación por grosor y por color

Clasificar es la tarea menos vistosa y la que más decide el resultado. Se hace en seco, sobre una mesa larga y con luz lateral, separando primero por entrenudos y después por calibre.

De cada tallo se aprovechan los tramos limpios entre nudos. El entrenudo superior, bajo la espiga, es el más fino y el más brillante: se reserva para detalles, filetes y motivos pequeños. Los tramos medios dan cinta de anchura regular, el material de trabajo habitual. Los inferiores, gruesos y con la pared más dura, sirven para trenza de sombrero, para estructura y para las piezas de bulto que necesitan aguantar forma.

El calibre se juzga a ojo y con los dedos; quien trabaja a menudo termina reconociendo tres o cuatro grupos sin medir nada. Para trabajos de mosaico donde las teselas deben casar sin saltos de anchura, ayuda pasar los tramos por una plantilla de ranuras de distinto ancho abierta en un listón: lo que entra en una ranura y no en la anterior forma un grupo.

El color se separa después, y siempre bajo la misma luz. Una misma tanda puede contener seis u ocho tonos naturales, del casi blanco marfil al dorado rojizo, y esa gama es precisamente lo que después permite dibujar sin teñir nada. Conviene guardar cada tono en manojo aparte y etiquetado, porque a los pocos meses la memoria ya no distingue de dónde salió cada uno.

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Remojo y apertura del canuto

La paja seca no se deja abrir: salta en astillas y el corte se va en diagonal. El remojo devuelve la elasticidad justa para trabajar sin ablandar la fibra. Se hace en agua templada, con los manojos sumergidos por completo y un peso encima para que no floten.

Los tiempos dependen del grosor y de la edad del material. Un entrenudo fino de centeno recién segado puede estar listo en diez minutos; un tramo grueso de trigo guardado dos años necesita media hora larga. El punto se reconoce doblando un tallo de muestra sobre el dedo: si cede formando curva y no aparecen fisuras blancas en el lomo, está.

Después del agua, los tallos se escurren y se dejan un rato envueltos en un paño húmedo. Esa espera reparte la humedad de manera uniforme y evita que el exterior se seque antes de llegar a la tabla de alisar.

Del tubo a la lámina

La apertura se hace con un punzón de punta roma o con la hoja de un cuchillo pequeño introducida por el extremo y corrida a lo largo del canuto. El corte debe seguir la fibra: si el filo se desvía, el tallo se abre en espiral y la lámina resultante no sirve para cinta recta.

  1. Cortar el tallo justo por encima y por debajo de los nudos y descartarlos.
  2. Retirar la vaina de la hoja si todavía queda algún resto adherido.
  3. Introducir el punzón por el extremo más ancho y recorrer el tubo de una sola pasada.
  4. Abrir la lámina con los pulgares, sin forzar los bordes.
  5. Raspar con suavidad la cara interior, más blanda y mate, cuando la pieza lo pida.

La cara exterior, brillante y de color, es la que se ve en la pieza terminada; la interior queda siempre hacia el soporte.

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Alisado: convertir la lámina en cinta plana

Una lámina recién abierta conserva la curvatura del tubo y tiende a enrollarse. Para dejarla plana se plancha con un hierro tibio sobre una tabla dura, con la cara exterior hacia abajo y un papel fino entre el metal y la paja. La temperatura importa más que la presión: demasiado caliente y el color vira a marrón en segundos; demasiado tibia y la cinta recupera la curva al enfriarse.

Otra forma habitual, sin calor, consiste en pasar la lámina húmeda por el canto de una cuchara o de un hueso liso, estirando en varias pasadas cortas desde el centro hacia los extremos. Es más lento, respeta el brillo natural y es la vía razonable cuando se trabaja con tramos muy finos que el planchado podría quemar.

Las cintas ya alisadas se apilan entre hojas de papel y se guardan bajo un peso ligero hasta el momento de usarlas. Si se dejan sueltas, en una tarde vuelven a curvarse y hay que repetir el trabajo.

Señales de que algo va mal
  • Bordes ondulados: exceso de humedad al planchar.
  • Manchas mate: el hierro estaba demasiado caliente.
  • Grietas longitudinales: el remojo fue corto.
  • Cinta que se estrecha en un extremo: el corte se desvió de la fibra.
  • Pérdida de brillo general: raspado excesivo de la cara exterior.
Haces de paja ya clasificada y preparada, agrupados para el trabajo de trenzado y despiece
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Encolado sobre base de papel y despiece del mosaico

El mosaico de paja se construye casi siempre sobre una lámina intermedia. Las cintas se pegan una junto a otra, borde con borde y sin solapes, sobre un papel fino de gramaje bajo, hasta formar una hoja continua de paja. Esa hoja es el material del que después se recortan las teselas.

La dirección de las cintas dentro de la hoja no es un detalle menor: es la que produce el juego de luz. Dos teselas del mismo tono, cortadas de la misma hoja pero colocadas con la fibra girada noventa grados, se leen como dos colores distintos según desde dónde se mire la pieza. Casi todo el dibujo del mosaico tradicional se apoya en ese efecto y no en el teñido.

Orden de trabajo

  1. Dibujar el motivo a tamaño real y numerar cada zona.
  2. Decidir para cada zona el tono y la dirección de la fibra.
  3. Encolar hojas de paja suficientes en cada tono elegido.
  4. Calcar el contorno de cada pieza sobre la hoja, respetando la dirección marcada.
  5. Recortar con cuchilla nueva y regla, apoyando sobre superficie limpia.
  6. Montar sobre el soporte definitivo empezando por las piezas grandes del fondo.

La cola habitual es de base acuosa y se aplica en capa muy fina; un exceso atraviesa el papel, llega a la cara vista y deja un velo brillante imposible de corregir. Entre pieza y pieza conviene limpiar la cuchilla, porque los restos de adhesivo seco arrastran y desgarran el borde de la cinta.

Material preparado y separado por tandas. Trabajar con los tonos ya agrupados evita tener que buscar coincidencias a media faena, cuando la cola ya está aplicada y el tiempo corre.

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Trenzas y figuras de bulto

Junto al trabajo plano está el que mantiene el volumen: galones trenzados que se cosen en espiral y figuras armadas con manojos atados. Aquí no se busca lámina, sino tallo entero y elástico.

La trenza se hace con la paja húmeda, con los tallos dispuestos en abanico y añadiendo uno nuevo cada vez que otro se agota, siempre por el mismo lado para que el empalme quede escondido. El número de cabos fija el carácter del galón: tres cabos dan una cinta estrecha y muy flexible, siete u once producen una banda ancha y firme, apta para coserse en espiral y formar copas, bandejas o cestillos.

Las figuras de bulto parten de un manojo atado por el centro que se abre y se ata de nuevo a distintas alturas, hasta obtener un cuerpo con proporciones estables. Los remates se resuelven con hilo de lino o con la propia paja enrollada, y el conjunto se deja secar colgado para que no se deforme por apoyarse en un lado.

Un galón mal tensado se nota al coserlo: la espiral se abre por fuera y la pieza pierde el plano. Merece la pena trenzar con tensión constante y descansar antes que continuar con las manos cansadas.

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Blanqueado y tostado: ampliar la gama sin teñir

La paja admite dos intervenciones de color que siguen siendo la propia paja. Por un lado el aclarado, que lleva el tono hacia el marfil; por otro el tostado, que lo empuja hacia el ámbar, el tabaco y, si se insiste, el marrón oscuro.

El aclarado tradicional es lento y suave: sol directo durante días, con el material extendido y girado a diario, o bien reposo en agua caliente repetido varias veces. Los métodos químicos rápidos existen, pero dejan la fibra más frágil y apagan el brillo, de modo que el tiempo ganado se paga en el acabado.

El tostado se hace con calor seco. Lo habitual es pasar la cinta sobre una plancha caliente, o mantenerla unos segundos cerca de una fuente de calor, controlando el cambio a la vista. La transición es rápida y no tiene marcha atrás, así que se trabaja siempre con muestras de prueba de la misma tanda antes de tocar el material bueno.

Notas de control
  • Anotar segundos y temperatura de cada prueba en el reverso de la muestra.
  • Tostar siempre por la cara interior cuando se quiera conservar el brillo exterior.
  • Trabajar con la paja completamente seca: la humedad produce manchas irregulares.
  • Preparar de una vez todo el tono que pide el trabajo; reproducirlo semanas después es difícil.
  • Dejar enfriar antes de juzgar el color, porque en caliente parece más oscuro.

Con paciencia, una sola tanda de centeno claro puede dar cinco o seis valores distintos, suficientes para modelar un dibujo con volumen sin recurrir a ningún pigmento añadido.

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Barnizado y defensa frente a la humedad

La paja es higroscópica: absorbe y cede agua con el ambiente, y al hacerlo se mueve. Ese movimiento es el origen de casi todos los desperfectos de las piezas antiguas, desde las teselas levantadas hasta las trenzas que se aflojan. El acabado no busca tanto brillo como estabilidad.

Sobre mosaico encolado funcionan bien las capas finas y múltiples de barniz mate, aplicadas con la pieza a temperatura ambiente y con secado completo entre una y otra. Un barniz espeso forma película, se marca en los bordes de las teselas y envejece amarilleando de forma desigual. En piezas trenzadas que deben conservar flexibilidad suele preferirse una protección más ligera, del tipo cera, que no rigidiza el galón.

Ninguna capa convierte la paja en material resistente al agua. La protección razonable pasa también por la ubicación: lejos de ventanas con sol directo, fuera de paredes exteriores frías donde condensa, y sin contacto con superficies que puedan mojarse.

Antes de aplicar acabado
  • Comprobar que la cola está seca por completo, no solo en superficie.
  • Retirar el polvo con brocha blanda y nunca con paño húmedo.
  • Probar el producto en una muestra de la misma paja.
  • Trabajar en local ventilado y sin corrientes que arrastren partículas.
  • Esperar el secado indicado aunque la pieza parezca lista antes.
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Conservación del material entre temporadas

Entre una siega y la siguiente pasa casi un año, y el material guardado se juega en ese intervalo buena parte de su valor. Las tres amenazas son la humedad, la luz y los insectos que atacan el almidón residual del tallo.

Lo más práctico es guardar los manojos en horizontal, sin apretar, en cajas de cartón o de madera con la tapa entreabierta, dentro de un cuarto interior de temperatura estable. El plástico cerrado es mala idea: cualquier resto de humedad queda encerrado y en pocas semanas aparece moho en el interior del haz, donde no se ve hasta que ya es tarde.

La luz directa aclara de forma desigual y deja los tallos exteriores de cada manojo más pálidos que los interiores, algo que arruina un conjunto clasificado por tono. Conviene además revisar las cajas dos o tres veces al año, buscar polvillo fino bajo los manojos —señal de barrenillo— y separar de inmediato cualquier haz afectado.

Etiquetado mínimo
  • Especie: centeno o trigo.
  • Año y quincena aproximada de siega.
  • Procedencia de la parcela o del proveedor de tallo.
  • Grupo de entrenudo: superior, medio o inferior.
  • Tono dentro de la escala propia del taller.
  • Estado: en bruto, remojado y secado, o ya alisado.

Una etiqueta de seis líneas escrita al guardar ahorra horas de comparación dos años después.

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